En tiempos en que la vida se recibía en manos de parteras y curanderos, un hombre dejó huella imborrable en la historia de nuestro pueblo: bondadoso, enigmático y siempre al servicio de los demás.
Quienes ya hemos pasado el medio siglo recordamos con gratitud a las legendarias parteras que nos recibieron al llegar al mundo. En aquellos años, antes de que la medicina profesional llegara plenamente al pueblo —lo que comenzó hacia la década de 1970—, ellas eran guardianas de la vida. Entre los primeros médicos en establecerse estuvieron el doctor Miguel Ordóñez y, más tarde, los destacados galenos Mutis y Campaña, junto a reconocidos doctores tambeños, abundantes en número y calidad, que honran a este pueblo querido.
Doña Encarnación Martínez tuvo una larga y prolífica trayectoria como partera: en sus manos nacieron decenas de niños. También ejercieron este oficio doña María y Filomena, una mujer robusta y colorada. Y cómo olvidar a la enfermera Celina Paz, cuya dedicación le ganó el respeto y gratitud de toda la comunidad.
El hombre que llevaba vida a las casas
Pero hay un nombre que merece capítulo aparte: el del puerreño Julio Parra. Tras recorrer medio país, contrajo matrimonio con Beatriz Rivera, con quien tuvo una numerosa familia: Teresa, Socorro, Jesús Antonio, Agustín, Julio Alberto, Gerardo, Edgar Enrique, Amanda y Cruz Elena.
Bondadoso y enigmático, Julio dedicó su vida al servicio social. Resandero fervoroso, tenía en su casa un oratorio con tres reclinatorios, candelabros y la imagen de la Virgen del Perpetuo Socorro. Vestía sacos de paño holgados, chaleco y un rosario colgando del cuello, y recorría las calles haciendo sonar una brillante campanilla.

Fue médico naturista y en su huerta cultivaba plantas aromáticas. Ejerció también como partero, atendiendo partos en todas las veredas del municipio, incluso en las de El Peñol. Amaba las buenas conversaciones y la picardía, evitaba los debates políticos y disfrutaba especialmente de los carnavales, sobre todo el Día de los Inocentes.
Hijo del teniente José Antonio Parra —fallecido en combate durante la Guerra de los Mil Días—, Julio vivió en Yumbo, Mulaló y conoció Bogotá. Fue gran amigo del joyero y relojero Alejandro Córdoba, de “el Loco” Alberto Pantoja, y de Luis y Publio Concha. Su formación autodidacta se nutría de la observación y el trato con la gente.
A Julio Parra se le debe el nacimiento de decenas de niños. Era un partero experimentado y un curandero certero, en quien las mujeres depositaban su confianza. La dolencia que más diagnosticó fue el cólico miserere, que trataba con mano firme y conocimiento heredado de la tradición.
Su historia pertenece a aquella época en que la vida en los pueblos se sostenía en la solidaridad: cuando los vecinos se prestaban tomates, azúcar, cebolla o dinero, confiando en la palabra y la honorabilidad. Hoy, la medicina ha avanzado con tecnología, asepsia, especializaciones y un cuerpo médico y paramédico admirable, digno de aplauso y reconocimiento.
Este es un sencillo homenaje a don Julio Parra y a todas las parteras, figuras imprescindibles que hoy están casi desaparecidas, pero que forman parte de la memoria más entrañable de nuestra comunidad.
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